07 febrero 2008

La tragedia de un genio (tercera parte).


Desde una perspectiva puramente literaria, ésta es la época de Kafka, más incluso que la de Freud. Freud, siguiendo furtivamente a Shakespeare, nos ofreció el mapa de nuestra mente; Kafka nos insinuó que no esperáramos utilizarlo para salvarnos, ni siquiera de nosotros mismos.
- Harold Bloom


Su importancia es tal, que se ha acuñado el adjetivo "kafkiano" para referirise a las situaciones que recuerdan a sus novelas. Su relato, La Metamorfosis, ha tenido tan amplia difusión que su lectura es obligatoria en las secundarias (aunque ello no implique que se comprenda cuál es su trascendencia) y ha sido una de las obras más analizadas por los críticos, llegando a contarse hasta 159 interpretaciones de relevancia.

Una mañana, Gregorio Samsa despierta convertido en un horrible bicho de monstruosas proporciones: a partir de este insólito comienzo, el autor mostrará cómo el infierno de Samsa se prolonga hasta acabar con su vida. Al parecer Kafka procuró retratar la reacción de la sociedad hacia lo que se considera diferente, pero... ¿fue la metamorfosis una metáfora de su propia realidad? ¿Terminó siendo aniquilado por sus semejantes, tal como le ocurrió a Samsa en el relato? Otra de las interpretaciones que merece la pena destacarse, es aquella según la cual, la metamorfosis de Gregorio no es sino una exteriorización del estado putrefacto de su alma. La vida que llevaba como persona era una vida vacía, sin amor, sin amigos, sin generosidad. Una vida mecanizada por la rutina, equivalente a la ayuda económica que prestaba a su familia. Una vez convertido en monstruo y ya incapaz de generar sustento; sus parientes lo rechazan, desprecian, asesinan. La sociedad elimina (o ignora) a los entes que no tienen una utilidad de producción económica. Lo demás no importa.

Una de las figuras de peso en la vida de Kafka, fue sin duda, su padre. El desdén con que trataba a su hijo se refleja claramente en obras como "Misteriosas misericordias" o la póstuma "Carta al Padre". Aunque no sea raro encontrar relaciones disfuncionales en las biografías de los artistas, no deja de impresionar el que una persona sea maltratada por quienes deben amarla aunque no la comprendan. Al pensar en las motivaciones que pueden tener los padres cuando quieren dirijr las vidas de los hijos, salvando la sincera intención de proteger, asoma invitablemente el egoísmo, la representación que el padre se hace del hijo como propiedad suya, medio para ostentar ante una colectividad competitiva, las cualidades que deben considerarse positivas: poder, éxito económico y profesional, transparencia moral, capacidad de influencia. Tal vez una herramienta para redimir las propias frustraciones. Todo esto a costa de la felicidad de quien, por otra parte, no puede comprender ni hallar la lógica de los horizontes que la mayoría le obligan a seguir. Quizá esta disyuntiva determinó que Kafka le ordenara a su amigo y albacea, Max Brod, quemar la totalidad de su obra, para que no fuera conocida nunca... ¿para que no manchara más el nombre de su familia?

Dos de sus obras destacan particularmente para quienes tienen interés especial en la batalla contra la injusticia: El Proceso, y el cuento corto, Ante la Ley. La primera, emblemática novela del escritor judío, cuenta la historia de un hombre que, súbitamente, al inicio del relato (recordándonos el recurso empleado en La Metamorfosis), es arrestado por un crimen que no se conoce; como no se conocen las autoridades que han de juzgarlo ni ante quién habrá de comparecer. A partir de entonces su vida se tornará en una terrible y enmarañada pesadilla, en la que recurrirá, sucesivamente, a las más altas esferas de la justicia, sólo para descubrir que siempre hay instancias más altas imponiéndose sobre aquellas, resultando, finalmente, imposible tener acceso a la protección de la ley. El protagonista deambula por lugares inverosímiles, infinitos y desordenados corredores de las dependencias públicas, donde los empleados y burócratas viven y mueren; por ello, al trabajo de Kafka se lo ha considerado también dentro del llamado realismo mágico, corriente literaria latinoamericana.

Ante la Ley, relato incluido a manera de parábola dentro de la novela que mencionamos, resulta una de las obras más acabadas dentro del género; se constituye en un maravilloso resumen y conclusión de El Proceso: un campesino intenta acceder a La Ley, cuya puerta es vigilada por un guardián que no lo deja pasar. La puerta está siempre abierta, pero, sala tras sala, un nuevo guardián le impedirá el paso. Meses y años transcurren sin que el hombre pueda entrar, y así llega el día de su muerte, en el que se le ocurre preguntarle al guardián por qué nadie más ha intentado entrar por la puerta. "... esta puerta era sólo para ti. Ahora voy a cerrarla", responde éste.

De una u otra manera, las creaciones artísticas contienen vida; la vida de sus autores, la vida del género humano. Como seguramente le sucedió a Kafka, en ocasiones tomamos conciencia de encontrarnos frente a una hilera de puertas abiertas pero impenetrables. Nos sentimos culpables de ser lo que somos, aunque no podamos definirnos. Siempre buscando ser acogidos, sin que nos admitan nunca. Los desenlaces de ambas obras son descorazonadores: la paciencia y la lucha no bastan, quedándole al individuo la sola opción de resignarse. "No hay que creer que todo es verdad, hay que creer que todo es necesario", le dirá un sacerdote al protagonista de El Proceso.

La honestidad, rabia y ferocidad de la obra de Kafka no bastaron, sin embargo, para que se le diera el reconocimiento que merecía mientras vivió. Si bien algunos de sus relatos fueron publicados mientras vivía, la mayor parte de su obra sólo pudo conocerse póstumamente. Como ocurrió con Van Gogh, nos inclinamos a pensar que la humanidad no estaba preparada para su obra, y no pudo valorarla sino mucho después. Quizá consciente de esto, el autor prefirió que nunca se difundieran sus manuscritos. Pero con una lucidez distinta, su amigo de confianza hizo caso omiso de sus deseos, y ahora podemos esbozar estas reflexiones.

¿Y la esperanza? No olvidemos que el campesino de la parábola, después de todo es un hombre libre. Nadie le obliga a acudir ante La Ley ni a permanecer en el umbral, esperando poder pasar. El guardián, por el contrario, existe sólo por el hombre que quiere cruzar; desconoce la realidad que se esconde tras la puerta que vigila, y está atado a ella porque su deber es cerrarle el paso al campesino. Después de todo, las puertas estaban abiertas, los guardianes advertían que más allá encontraría otro guardián pero jamás, realmente, interpusieron ningún obstáculo entre el hombre y su camino. El campesino pudo, sencillamente, largarse. Y pudo también dejarse llevar por la curiosidad, abandonar la resignación y emprender camino aunque no supiera qué avatares encontraría en su camino; más aún, sabiendo que en el horizonte le esperaba una sucesión incierta de puertas que tendría que cruzar.