18 marzo 2017

El patrón alimenticio como forma de resistencia política


Cuando converso con la gente a través de redes sociales, los comentarios que recibo con más frecuencia tienen relación con la disciplina necesaria para mantener un estilo de vida saludable de forma permanente. Todos hemos empezado una dieta mil veces, solo para darnos cuenta tiempo más tarde, de que sin siquiera saber cómo, hemos vuelto a nuestras "malas" costumbres nutricionales. Yo he estado allí varias veces y también fui esa persona frustrada que hizo cambios efímeros y luego se culpó por no poder mantenerlos. ¿Qué ha sido diferente esta vez? ¿Cómo he logrado ahora que los cambios sean permanentes?

Para explicar por qué, en mi caso, el cambio dejó de ser pasajero cuando entendí sus implicaciones políticas, voy a establecer primero una comparación con el vegetarianismo o el veganismo. Como sabemos, estos son patrones nutricionales que excluyen parcial o totalmente los productos de origen animal. Aunque es cierto que hay índices relativamente altos de "recaída", una vez que una persona ha adoptado el estilo de vida como tal, no hace "trampas" ni se da "permisos". Señalo esto porque he visto muchas veces cómo las personas que se "ponen a dieta" dicen algo así como "solo por esta vez voy a comer el pedazo de pastel", las papas fritas, o lo que fuera. Una persona vegetariana, por el contrario, no dice "solo por esta vez voy a comerme un lomo de res", porque dejaría de ser vegetariana. La persona en este caso, no solo está adoptando un patrón alimenticio para conseguir la gratificación, a corto o mediano plazo, de bajar de peso, verse mejor, o estar más sano. De hecho, las personas que más exitosamente mantienen estos hábitos alimenticios "contracorriente", son personas políticamente convencidas de que hay algo anti-ético en el consumo de carne. Asimismo, una persona que se reconoce como feminista, no se va a dar un "permiso" de cuando en cuando, para promocionar en sus redes sociales una publicidad sexista. Reteniendo en la mente las cosas desde esta perspectiva, pasemos a la cuestión de la vida saludable entendida como un balance entre todos los aspectos controlables que le proporcionan bienestar a una persona.

Durante mucho tiempo, yo no tenía idea de la forma en que la industria de la dieta controla todo lo que NO sabemos. Si ahora me pidieran que resumiera en una sola frase la razón por la cual alguna vez tuve sobrepeso, diría "por ignorancia". Pero no una ignorancia voluntaria, ni siquiera accidental, sino una ignorancia inducida por la industria de la dieta principalmente. Esta industria distrae nuestra atención de todo lo que se necesita entender para manejar un peso saludable, y la desvía hasta el punto de que el control del peso se vuelve un misterio, un laberinto sin salida para muchas mujeres y hombres que llegan a creer que su metabolismo ha sido maldecido al punto de acumular grasa con solo "pensar" en la comida. La industria de la dieta se aprovecha de esta vulnerabilidad y frustración para vendernos "soluciones", que si funcionaran a largo plazo, serían un suicidio para esa industria.

El asunto es que bajar de peso y mantener la salud es simple: para perder peso hay que comer menos calorías de las que se queman; para mantener el peso hay que comer más o menos la misma cantidad de calorías que se queman. Para mejorar nuestras opciones de tener una buena salud hay que equilibrar los nutrientes que le damos al cuerpo y hacer ejercicio regularmente. Suena simple y es simple. Pero no es fácil. Y no es fácil por razones políticas: imagínate un mundo en el que en el momento en que sientes hambre, la cadena de comida rápida más grande de la ciudad ofrece una variedad de frutas frescas como snacks. No hay más opciones. Imagínate un mundo en el que cuando llamas por teléfono para pedir comida, tus alternativas son solo productos frescos sin procesar, no existen los alimentos calóricamente densos por su concentración artificial de azúcar y grasa. Te aseguro que en ese mundo, la obesidad no sería un problema.

Son cuestiones de economía política las que subyacen a las opciones que se nos ofrecen, que nos crean un problema, nos echan la culpa del mismo, y luego nos venden soluciones que no funcionan y nos dicen que la responsabilidad no es del vendedor sino del consumidor por indisciplinado e inconstante. La industria de la dieta es el negocio más redondo (fuera de bromas) que existe. En ese contexto, ¿a alguien en esa industria le convendría que las personas entiendan cómo manejar su peso? Ahora, luego de unos años de haber cambiado mis patrones alimenticios, me parece increíble que en algún punto de mi vida, algo como lo que se ve en la foto de abajo haya estado considerado dentro de mi definición de "alimento", y voy a explicar por qué: 



Por un lado, como sabemos, el valor nutricional de lo que vemos allí es muy pobre. El pan blanco es básicamente lo mismo que el azúcar blanca procesada: calorías vacías. La salchicha, que seguramente está hecha de partes del cuerpo de algún animal apenas en un pequeño porcentaje, tiene algún contenido proteico, pero sobre todo es grasa, sal, colorantes y químicos para preservar el producto. A esto le llamamos comida en el mundo de hoy. Pero hay algo más: estos productos están diseñados, y cada vez se perfeccionan más, para producir una adicción similar a la que generan el cigarrillo o las drogas duras. De hecho, cuando nuestro cuerpo recibe carbohidratos simples como los de pan y el azúcar, o sabores específicamente diseñados para estimular nuestros centros del placer, como los de la salchicha que combinan grasa y sal; se activan las mismas áreas del cerebro que responden a drogas como la cocaína y la heroína. La tecnología médica más avanzada para los estudios de neurociencia, no se usa solo para salvar vidas, sino también para diseñar productos que el consumidor no pueda dejar de adquirir.

Ojo, no se trata de satanizar los productos procesados porque sí, como he visto hacer a algunos modernos de turno. Yo consumo productos procesados como el tofu, algunas barras de proteína, suplementos, y "carnes" vegetarianas, una vez que sé y entiendo qué ingredientes tienen, a qué proceso fueron sometidos, y cuáles son las implicaciones políticas de consumir el producto. Tampoco estoy abogando por una suerte de religión "clean eating" en la que nos obsesionamos con la pureza de la comida (material o ética). Para mucha gente, la posibilidad de optar está fuera de alcance por motivos económicos o geopolíticos. Es decir, yo entiendo que MIS posibilidades de tomar una decisión informada sobre qué comer, son una forma de privilegio. Sin embargo, si luego de conocer el origen de los productos, saber que han llegado a mí gracias a la explotación de otros seres sintientes (humanos y no humanos), entender que tienen poco valor nutricional y que además lo que pago por ellos engorda los bolsillos de una industria engañosa que se aprovecha de la vulnerabilidad de las personas... Si sabiendo todo eso aún siguiera manteniendo el mismo patrón de consumo, creo que no podría dormir por las noches.

Y por eso, esta vez el cambio ha sido permanente. Porque así como cuando decidí dejar de comer carne fue porque no podía soportar ser cómplice del dolor de los animales; así como cuando me reconocí como feminista descolonial lo hice luego de vivir y sentir el sometimiento de miles de mujeres pobres, campesinas, indígenas, mestizas, trabajadoras, lesbianas, transgénero... Así también ahora tengo el convencimiento ético y político de que siempre que pueda, tengo que romper el despiadado círculo de consumo de sustancias adictivas, dañinas y producidas a través de la explotación de los más vulnerables, en todos los lados de la pirámide de consumo capitalista.