Mario Benedetti, Quién Sabe





¿Te importa mucho que Dios exista?
¿te importa que una nebulosa te dibuje el destino?
¿que tus oraciones carezcan de interlocutor?
¿que el gran hacedor pueda ser el gran injusto?
¿que los torturadores puedan ser hijos de Dios?
¿que haya que amar a Dios sobre todas las cosas
y no sobre todos los prójimos y prójimas?
¿Has pensado que amar al Dios intangible
suele producir un tangible sufrimiento
y que amar a un palpable cuerpo de muchaha
produce en cambio un placer casi infinito?
¿acaso creer en Dios te borra del humano placer?
¿habrá Dios sentido placer al crear a Eva?
¿habrá Adán sentido placer cuando inventó a Dios?
¿acaso Dios te ayuda cuando tu cuerpo sufre,
o no es ni siquiera una confiable anestesia?
¿te importa mucho que Dios exista? ¿o no?
¿su no existencia sería para tí una catástrofe
más terrible que la muerte pura y dura?
¿te importará si te enteras que Dios existe
pero está inmerso en el centro de la nada?
¿te importará que desde el centro de la nada
se ignore todo y en consecuencia nada cuente?
¿te importaría la presunción
de que si bien tú existes
Dios quién sabe?

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Nixon de Oliver Stone


Richard Nixon (1913-1994), autor del célebre discurso de la "gran mayoría silenciosa", quien llamara "monstruo" a Mao Tse Tung y luego, durante su presidencia firmara acuerdos con él; envuelto en el escandaloso caso "Watergate", fue uno de los políticos más influyentes del siglo XX y no precisamente por su gran carisma, a diferencia de otras figuras más queridas por la gente, como la de JFK, ante quien perdió las elecciones en 1960.

Existen algunas películas rodadas sobre la temática de Nixon, entre ellas la clásica "Todos los hombres del presidente" con Robert Redford.  Pero pocas retratan tan bien al complejo ser humano, al contradictorio individuo detrás de la figura política, con la maestría con que se hace en "Nixon" de Oliver Stone, gracias a la virtuosa actuación del genial Sir Anthony Hopkins, un británico cuyo acento americano en la película es más convincente que el de cualquier cowboy.

La cinta cubre todas las etapas de la vida de Nixon con la técnica del flashback: su infancia en el pobre rancho de su padre, los años universitarios y el equipo de football, su carrera política previa a la presidencia, la retirada de la política, el regreso, el ascenso y la caída.  La película no es una apología del estadista pero tampoco omite sus importantes proyecciones como actor político.  Deja ver los serios problemas de Nixon -y su esposa Pat- con el alcohol, pero no lo retrata como un ebrio descontrolado.  Muestra su lado más desquiciado y su sed de poder, pero también sus alegrías como padre y marido, el dolor de perder a sus hermanos y a su madre, su tristeza al saberse solo. Finalmente uno termina comprendiendo más al sujeto y menos al presidente, congraciándose con el hombre y repudiando a la figura pública, involucrada en intrincadas redes de corrupción y actos ilegales.


Durante la era de Nixon se dieron los primeros acercamientos de EE.UU. hacia China y la U.R.S.S. en el contexto de la Guerra Fría, pero también se apoyó la gestión de los dictadores de derecha en América Latina -Nixon dio el visto bueno a la C.I.A. para el derrocamiento de Salvador Allende en Chile-.  Las tropas estadounidenses en Vietnam se retiraron, pero a un lento paso de 4 años de duración, con los bombardeos de Camboya y Hanoi perpetrados en el tiempo intermedio.  Murieron estudiantes universitarios durante las manifestaciones por la paz.

Sólo por ver a Hopkins ejecutar su arte, la película vale la pena.  Pero además es una obra maestra por su guión y el enfoque profundo de la personalidad de uno de los políticos más fascinantes y oscuros de la historia post-moderna, como un hombre atormentado, solitario, que buscaba en la presidencia el reconocimiento necesario para sentirse amado, y que no supo utilizar las herramientas que tuvo a la mano para construir la paz.
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Aborto: ¿soluciones éticas para un problema social?

Los problemas éticos y los problemas sociales pueden o no coincidir.  El adulterio, por ejemplo, que en algún momento constituyó un delito tipificado en el código penal de nuestro país -y en el de varios otros-, actualmente puede alegarse como causal de divorcio, pero no perseguirse como infracción penal pues, aunque la ética siga considerando a la fidelidad una virtud y a la infidelidad una conducta inmoral, este comportamiento ha dejado de considerarse una amenaza para la sociedad.  Por lo general la vida privada de las personas permanece ajena al derecho, que sólo puede intervenir para regular aquellas relaciones inter individuales que por su naturaleza implican algún riesgo para algún bien jurídico; a diferencia de la moral, una normativa interna que obliga a la persona a responder ante su propia conciencia, incluso por sus pensamientos.

Así, en muchos casos las soluciones éticas no constituyen soluciones jurídicas, puesto que estas últimas han de tener efecto en la sociedad y no únicamente en el fuero interno del individuo, y los conflictos sociales son consecuencia de una red compleja de causas y concausas que demandan regulaciones de utilidad práctica antes que discursos éticos prolongados, por acertados que estos puedan ser.  Me refiero concretamente a la problemática del aborto, que se abordó ya hace algún tiempo en este espacio, a través de la invitada Candela.

Los abortos clandestinos, perpetrados sin observar normas mínimas de asepsia, son innegables en nuestro medio. La penalización del aborto no es una motivación para que las mujeres se abstengan de procurarse uno, ya que la decisión que toman la mayoría de las veces obedece a razones de otro tipo, como la precariedad económica, la muy temprana edad, la situación de abandono, etc.  Lo que sí provoca la penalización, naturalmente, es la imposibilidad de acceder a una intervención segura, pues los establecimientos médicos no pueden ofrecer el servicio, como tampoco pueden, las farmacias, expender medicamentos que se consideran abortivos.  Es difícil calcular un índice estadístico de abortos practicados, ya que en su mayoría se ocultan, pero seguramente en aquellos países que despenalizaron la práctica y la reglamentaron, no hubo realmente un aumento dramático de casos.  Como mencioné, no es la ilegalidad lo que detiene a una mujer cuando se enfrenta a la decisión de interrumpir el embarazo.

Los países del que llamamos primer mundo, han despenalizado y regulado el aborto inducido con autorización de la mujer (el aborto sufrido siempre será un delito). Las regulaciones suelen implicar un límite de tiempo para su práctica -dentro de las primeras semanas de gestación-, así como la necesidad de demostrar ciertas situaciones para obtener una autorización judicial, entre las que puede incluirse la precariedad socioeconómica.  En Holanda, el aborto es legal sin restricciones; lo mismo ocurre en Noruega -el país con el nivel de vida más alto en el mundo-, en Dinamarca -el país más feliz del mundo- y en el resto de países nórdicos con excepción de Finlandia, en donde es necesario alegar una causal para obtener autorización. En la mayor parte de Latinoamérica en cambio, el aborto está penalizado con las excepciones de algunos estados mexicanos, Cuba y Puerto Rico.



Situación jurídica del aborto en distintos países del mundo
     No punible si la interrupción del embarazo se realiza antes de un plazo establecido.     No punible en casos de peligro para la salud física o mental, violación, defectos en el feto o factores socioeconómicos.     No punible en casos de peligro para la salud física o mental, violación o defectos en el feto.     No punible en casos de peligro para la salud física o mental o violación.     No punible en casos de peligro para la salud física o mental.     Punible sin excepciones.     Varía por región.     No hay información.

Desde un punto de vista bioético, la vida debe respetarse de manera absoluta, sin excepciones, por lo que deben excluirse también los abortos terapéutico y eugenésico -que nuestra legislación despenaliza- y, si vamos más allá, la lógica también mandaría que se proteja la vida no humana, pues las características propias de nuestra especie -como la elaboración del lenguaje- sólo empiezan a aparecer después de un tiempo de vida del individuo; es más, en el caso de oligofrenia u otras enfermedades, esos rasgos distintivos nunca llegan a desarrollarse.  Nuestro código civil llama "persona" sólo a aquel que ha nacido vivo y ha sido separado completamente del vientre materno; si la muerte se produce antes, se reputa que la criatura no ha existido jamás.

La solución ética no configura, pues, una solución social.  El problema social es un problema de salud pública, mental y física, de desesperación de madres muy jóvenes, muy pobres o con otros problemas posibles, que recurrirán a cualquier método para interrumpir un embarazo no deseado.  El problema social es un problema de desinformación, de educación sexual precaria, satanizada por creencias obsoletas, poblada de prejuicios y supersticiones.  El problema social es amplio, profundo y real; en nuestro medio la solución ética sencillamente no basta.

Imagen: http://atenco.blogia.com/2007/081601-estado-laico-y-aborto.php
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Ideales de Belleza

Vivimos rodeados de estándares estéticos que creemos universales gracias a los bombardeos publicitarios, pero no, nada más lejos de la verdad; en el tiempo y en el espacio, lo que el hombre considera bello ha cambiado radicalmente, demostrándonos que no hay una sola manera de entender la hermosura ni un criterio determinante y definitivo para etiquetar algo como "feo" o "bonito".

Para la tribu Kayan -cerca de Tailandia-, por ejemplo, la figura de la mujer es más bella cuantos más anillos metálicos exhiba en su alargado cuello.  Para el efecto la colocación inicia desde temprana edad, consiguiendo una figura sumamente estilizada, del todo extraña a ojos occidentales.

Los incas, al igual que los egipcios y otros grupos étnicos de la antiguedad, practicaban la deformación craneana, aparentemente para demostrar la pertenencia a una clase alta.


En Mauritania las mujeres delgadas no se consideran hermosas, por el contrario, se rinde culto a la obesidad como símbolo de prosperidad y opulencia -en directa oposición a nuestra obsesión por la extrema delgadez-, por lo que se llega a obligar a las jóvenes a consumir grandes cantidades de leche y alimentos ricos en grasas para tener un cuerpo voluminoso y más deseable.


En la tribu Karo, de Etiopía, las mujeres se provocan heridas que dejan cicatrices en el vientre para decorarlo; una mujer no está lista para el matrimonio mientras no posea las llamativas cicatrices.  Igualmente, los varones exhiben cicatrices en el pecho, pues simbolizan la lucha contra tribus enemigas.

En China, muy conocida es la milenaria práctica de vendar los pies de las mujeres, deformándolos para evitar su crecimiento.  Los pies pequeños, llamados "pies de loto", se consideraban más hermosos y sensuales, además, sólo los ricos podían permitirse una mujer que no hiciera ningún trabajo a causa de la deformación.  Estos procedimientos fueron prohibidos durante los primeros años del siglo XX, pero nos demuestran cuán disímiles pueden ser los modelos estéticos.  Se dice que el balanceo empleado para caminar con los pies reducidos era visto por los hombres como altamente excitante.  Desconcierta saber que antes del vendaje era necesario romper los dedos de los pies y el arco, lo que nos hace preguntarnos cuál es el límite del dolor que una persona está dispuesta soportar a cambio de la belleza, tanto entonces como en nuestros días.


Lo cierto es que los ideales de belleza son creaciones culturales que se han relacionado con la fertilidad, el estatus social, la riqueza o la capacidad de consumo, y terminan siendo, finalmente, conceptos relativos, no innatos, no propios, sino asimilados del entorno.  Tantos parámetros estéticos diferentes no pueden compararse ni competir entre sí.  Quiénes somos, al fin y al cabo, para sentenciar si un ser humano es estético o no. Lo que sí es posible es entender, tolerar y valorar la diversidad, para amar la individualidad propia y la ajena como un milagro único en un cosmos vasto de posibilidades.
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Amén.: La Iglesia y los Nazis


Existen muchas películas acerca de la Segunda Guerra Mundial, pero quizá una no tan promocionada comercialmente es "Amén." (2002), del director griego Costa-Gavras, la cual aborda un tema poco común en las películas del género: el papel de la Iglesia Católica frente a las evidencias de los campos de concentración y el exterminio de los judíos que, según sugiere el filme, fueron conocidas por el alto clero de forma temprana.

Al respecto, Juan Pablo II se disculpó en nombre de la Iglesia en 1997  "por las conciencias adormecidas de algunos cristianos durante el Nazismo y la inadecuada "resistencia espiritual" de otros grupos ante la persecución de los judíos".  La disculpa no asume el importante rol del Vaticano como Estado, con fuerza política y diplomática y, naturalmente, no remedia nada, pero cabe que nos preguntemos cómo puede una institución humana e imperfecta, que se equivoca y pide disculpas, generar dogmas indiscutibles para gobernar las vidas de los católicos.  Pero, peor aún, lo que la película sugiere es que no solamente hubo omisión y silencio por parte de la Iglesia, sino incuso acciones tendientes a ayudar al régimen nazi, facilitando, por ejemplo, después de la guerra, los procedimientos para el exilio e impunidad de los ex-oficiales.

"Amén." nos presenta a un indiferente Pío XII, sin postura ética propia sino al vaivén del escenario político, demasiado cuidadoso, demasiado neutral ante el despedazamiento de los derechos humanos.  Un personaje ficticio, el joven jesuita Riccardo Fontana, interpretado por Mathieu Kassovitz (quien encarnara también al gran amor de Amelie Poulain en la conocida película), reivindica la verdadera entrega a los principios éticos más allá de la institucionalidad, la jerarquía y la disciplina.  Impotente ante la cúpula clerical, conocedor de los horrores en los campos de concentración por testimonio del teniente Kurt Gerstein -cuyos informes, en la vida real, sirvieron para reconstruir la historia del holocausto-, se coloca una estrella de David en el pecho y marcha junto a miles de judíos hacia el destino terrible que les espera.

La moralidad del protagonista Gerstein (Ulrich Tukur) es ambivalente, pues si bien su conciencia humanista lo lleva a tratar de denunciar los crímenes que ha atestiguado, no deja de ser eficiente para prestar sus servicios de asesoramiento a la hora de mejorar los procesos de eliminación de "unidades", como se denomina a los judíos entre los oficiales.  Quizá esas irreconciliables contradicciones fueron las que lo llevaron, en última instancia, al oscuro final de su existencia.


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