17 noviembre 2009

Por qué somos infelices


El título de este artículo puede sonar pretencioso, pues es un hecho que la vida de cada individuo, determinada por una serie de factores sociales, biológicos y psicológicos, se distingue de las demás al igual que las motivaciones que cada uno pueda tener para sentirse satisfecho o inconforme.  Sin embargo, hay que reconocer que una de las razones por las cuales somos "infelices" es la carencia que sentimos frente a muchos bienestares materiales que, nos han dicho, son indispensables para alcanzar la felicidad.  No somos felices porque no tenemos auto o porque no tenemos un mejor auto, porque no tenemos tal o cual celular, porque cierto vestido no nos luce como a fulanita, porque no podemos comer en el restaurante de moda, porque no nos alcanza para comprar las gafas de marca.  En ese contexto escribo la siguiente reflexión.

Estamos sometidos a un bombardeo publicitario constante en las calles, en la televisión, en el Internet y otros medios masivos.  La publicidad básicamente nos dice que para ser felices necesitamos tener los productos que se nos ofrecen. Ingenioso definitivamente es el eslogan de una conocida tarjeta de crédito: "hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás existe Master Card".  Curiosamente justo antes se nos muestra la invalorable felicidad como resultado de haber podido disponer del dinero suficiente para viajar, comprar, o gastar el dinero de alguna manera.  Con los años y al hacer la limpieza, nos damos cuenta de la gran cantidad de cosas inútiles que acumulamos sin saber por qué.

Así, un gran porcentaje de las mujeres occidentales se sienten desgraciadas por no tener un cuerpo perfecto, como el de las modelos que aparecen en los anuncios y en los desfiles de alta costura.  Se nos enseña a vivir en guerra contra nuestro propio organismo. Esto a su vez crea un mercado enorme para la industria de los productos dietéticos, los programas nutricionales, los centros de reducción de peso, etc.  Con este ejemplo podemos constatar el interés de las industrias por crear vacíos emocionales en las personas, de manera que estas se conviertan en un blanco fácil para la adquisición de los milagrosos productos que ponen la dicha al alcance de la mano. Nuestra infelicidad es el dinero de los otros.

¿Es posible mantenerse al margen de la tormenta mediática?  Sin duda, si la sobreexposición a los medios es una causa para la infelicidad, se colige naturalmente que un alejamiento del día a día en la moda y el mercado traerá como resultado más satisfacción a nuestras vidas y el florecimiento de un sistema de valores y principios propios.  Limitar la ingesta diaria de televisión y reemplazarla por el buen cine; cambiar las revistas del corazón y la prensa amarilla por literatura y libros científicos; sustituir los paseos por los centros comerciales por caminatas al aire libre o visitas a museos, son alternativas que pueden marcar la diferencia entre una continua insatisfacción cotidiana, y una visión más optimista y menos superficial de la vida.  Muchas de estas opciones nos suenan raras o aburridas precisamente porque los medios nos han acostumbrado a creer que gastar dinero es la única forma posible de divertirse -a mayor gasto, mayor diversión-, pero la posibilidad de boicotear la conspiración del mercado está más cerca de nuestras manos de lo que creemos.  Una reflexión sincera nos hará notar enseguida cuántas de las cosas que deseamos son en realidad superfluas y no urgentes.  Al fin y al cabo, como sostiene la segunda noble verdad del budismo, el deseo es la fuente de todo sufrimiento.