21 septiembre 2009

Una mujer para toda la vida


Varias veces he escuchado decir a mis amigos varones que la monogamia, al ser una imposición cultural no determinada biológicamente, sino socialmente y hasta económicamente (aparece en el momento en que el hombre deja de ser nómada, crea la noción de propiedad privada y se ve en la necesidad de reconocer a sus descendientes), es un comportamiento anti-natural y muy pocas veces real.  Una mujer no puede aspirar a ser la única desde un punto de vista físico, aunque lo sea desde un punto de vista afectivo, me han dicho en alguna ocasión, recordándome cuán similares son los rituales de apareamiento de otros animales, a los humanos.  La cultura, en varios aspectos, es la superación de los instintos, y la capacidad de amar -que no la de desear o coquetear-, definitivamente no es inherente al hombre, es un talento que se aprende, un arte que se domina.

Sin duda el filósofo francés, fundador del Nouvel Observateur, teórico de la Ecología Política y de ideología anti capitalista, André Gorz, había aprendido a amar. El suicidio conjunto de él y quien fue su esposa hasta ese día, Dorine, generó comentarios controversiales acerca de la muerte asistida, en 2007.  Ella padecía varías dolencias y un cáncer terminal contra el que había estado luchando por años. Cuando fallecieron André tenía 84 y Dorine 83. Lo que nadie puede discutir es cuán conmovedora fue la carta que pocos días antes André le había dedicado a su mujer, algunos de cuyos fragmentos transcribo a continuación, traduciéndolos del inglés, en la versión publicada por TimesOnline.

Recuerdo haber escrito que, al final del día, sólo una cosa era esencial para mí: estar contigo. No puedo imaginarme seguir escribiendo, si ya no estás. Tú eres lo esencial sin lo cual todo el resto, no importa cuán importante parezca cuando estás, pierde su sentido y su importancia.  Te dije eso en la dedicatoria de mi último trabajo.
Estoy tan consciente de tu presencia ahora como lo estuve en los primeros días y me gustaría hacerte sentir eso.  Me has dado toda tu vida y todo de ti; quisiera poder darte todo de mí en el tiempo que nos queda.
Acabas de cumplir 82. Todavía eres bella, graciosa y deseable. Hemos vivido juntos por 58 años y te amo más que nunca. Últimamente he vuelto a enamorarme de ti completamente y una vez más llevo dentro de mí un corrosivo vacío que sólo puede ser llenado por tu cuerpo acurrucado contra el mío.
A veces en la noche veo la figura de un hombre, de una calle vacía en un paisaje desierto, caminando tras un coche fúnebre. Yo soy ese hombre. Es a ti a quien el coche se está llevando.  No quiero estar ahí para tu cremación; no quiero que me den una urna con tus cenizas. Escucho la voz de Kathleen Ferrier cantando, ‘Die Welt ist leer, Ich will nicht leben mehr’ y me despierto. Reviso tu respiración, paso mi mano sobre ti.
Ninguno de nosotros quisiera sobrevivir a la muerte del otro.  Muchas veces hemos dicho que, si por algún milagro fuésemos a tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.


Algunas lágrimas se me escaparon mientras terminaba de leer.  Ustedes, ¿creen que podrían amar a la misma persona por el resto de su vida?