13 octubre 2008

Utopías 1: Tomás Moro

utopía moro En 1516 el humanista inglés Tomás Moro acuñó una palabra de hermosas connotaciones que hoy en día siguen utilizando los soñadores para referirse a sus más altas ambiciones. La palabra "Utopía" tiene su origen en la obra del mismo nombre, cuyo argumento gira en torno a la construcción de una sociedad perfecta.

En Utopía funciona la propiedad comunitaria de los bienes, se ha suprimido el dinero para dar paso al cambio directo de bienes en los mercados comunes, los ciudadanos no van a la guerra pues la repudian, y el tiempo se divide entre el trabajo en el campo (solamente seis horas diarias) y el tiempo libre, que se dedica a la lectura y al arte.

Suponed que esa multitud de hombres que ahora trabaja se repartiese entre los pocos oficios real y verdaderamente útiles; entonces habría tan grande abundancia de cosas necesarias, que los precios, sin duda, serían demasiado bajos para asegurar el sustento de los trabajadores. Mas si todos los hombres que malgastan el tiempo trabajando en oficios que no son útiles; si todas las personas que viven en el ocio, cada una de las cuales consume tantas cosas como dos trabajadores juntos, fuesen obligadas a trabajar, se tendría que trabajar muy pocas horas para hacer todas las cosas que se necesitan para vivir holgadamente y sin privarse de los placeres verdaderos y naturales.

No existen los abogados -ejem- ya que las leyes son poquísimas y redactadas de forma clara y sencilla para que cada ciudadano pueda defender sus propios derechos. A los delincuentes se los reduce a la esclavitud. En cuanto a la religión, los utopianos son monoteístas y creen en un dios supremo que está por encima del entendimiento humano. Cuando se les habla del cristianismo lo encuentran fácil de incorporar:

Yo creo que lo que más contribuyó a convencerlos fue el decirles que Cristo enseñó a los Suyos que todas las cosas eran comunes y que esa comunidad todavía permanece en las comunidades verdaderamente cristianas. Lo cierto es que, de todos modos, muchos se convirtieron a nuestra religión y fueron purificados en las sagradas aguas del bautismo.

La educación de los utopianos les impide comprender el desmesurado valor que en el mundo occidental se les da a los bienes materiales:

Admíranse los utópicos de que haya hombres tan insensatos que puedan hallar deleite mirando el dudoso brillo de una piedrecilla sin valor, pudiendo como pueden contemplar las estrellas o el mismo sol; y de que haya necios que se crean más ennoblecidos porque es de fina lana el vestido que llevan, ya que la lana —por fina que sea —la llevó antes una oveja sin que por ello dejara de ser oveja. Maravíllanse también de que el oro, que es cosa inútil por su propia naturaleza, sea ahora tan apreciado en todo el mundo, que el hombre mismo, que le atribuye ese valor para su provecho, considere que vale él menos que ese metal, tanto que cualquier lerdo avaro, que no tiene más entendimiento que un pollino y no es menos malvado que orate, tiene en esclavitud a muchos hombres buenos e ilustrados sólo porque posee un más grande montón de oro.

Las ideas de Santo Tomás Moro, perseguido y ejecutado durante el reinado de Enrique VIII, siguen siendo de interés en nuestro tiempo.  Las doctrinas políticas han hecho diversas propuestas para encaminar a la sociedad hacia la armonía ideal, inspirándose en el pensamiento del ilustre inglés. Una de esos sistemas es el socialismo, llamado "utópico" en el caso de las primeras corrientes, para distinguirlo del "socialismo científico" de Marx y otros autores de líneas similares.A finales del siglo XIX se organizaron algunas comunidades utópicas artificiales con el objeto de experimentar y reproducir "a escala" la organización ideal descrita por los autores del socialismo francés. Un ejemplo de estas unidades son los falansterios de Charles Fourier.

En una nueva entrega seguiremos adelante recordando el pensamiento de esos hombres imprescindibles que imaginaron sociedades más justas. Y hablaremos también de la antítesis de la utopía: la distopía. Sociedades fatalmente injustas y deshumanizadas como la que retrata el autor George Orwell en su magnífica novela 1984. Un panorama que se acerca cada vez más a su realización.