20 mayo 2008

Creadores de Realidad

Cristal de agua bajo el microscopio

La física cuántica es la física de las probabilidades. El “cuanto” es la cantidad más pequeña de algo que se puede tener: entre el cero y el cuanto no existe nada.


La física cuántica desafía al sentido común: las partículas subatómicas se comportan de manera radicalmente distinta a lo que conocemos como posible en la realidad a mayor escala: al parecer pueden estar en más de un lugar al mismo tiempo, exploran todos los senderos que se les abren simultáneamente. En virtud del principio de incertidumbre, según el cual no es posible conocer la trayectoria de una partícula en el espacio, ésta no es algo real en el sentido tradicional de la palabra, mientras no exista un observador humano cuyo cerebro elabore la disposición de esas partículas. Entonces, ¿cuál es el rol que desempeña el observador? Si los bloques de construcción subatómicos de los objetos no poseen las características aparentes de la materia, ¿qué grado de realidad tiene el mundo en que vivimos?

Los átomos no son canicas sólidas como nos enseñaron en el colegio. Ni siquiera el núcleo del átomo es sólido. Lo que llamamos materia es, en su mayor parte, vacío. Y las partículas no están quietas: se mueven todo el tiempo, aparecen y desaparecen. En pocas palabras, puede decirse que el mundo que nos rodea es un montón de partículas moviéndose caóticamente en el vacío y las cosas que vemos son, por tanto, posibilidades escogidas por nosotros para plasmarse ante nuestros ojos como algo tangible.


Si se observa el cerebro de una persona mientras mira, por ejemplo, una flor; se apreciará, gracias a la tomografía, que los pensamientos son como una tormenta eléctrica que provoca que se iluminen ciertas áreas del cerebro. Lo curioso es que cuando al paciente se le pide que cierre los ojos y piense en la misma flor, se iluminan exactamente las mismas áreas cerebrales. Nuestro cerebro no distingue entre lo que está sucediendo efectivamente y lo que está recordando. No son los ojos los que ven, sino el cerebro.

Tradicionalmente se nos enseña a creer que el mundo material está fuera de nosotros, que existe y se desarrolla independientemente de que nosotros estemos en él. Pero si la realidad no es más que un montón de partículas moviéndose en diferentes niveles, es necesario que el observador escoja una entre miles de posibilidades para que tomen forma. En realidad son ondas electromagnéticas que sólo pasan a ser partículas cuando entran en el radio de nuestra visión. El cerebro recibe algo así como cuatro millones de bits de información en un instante, pero la conciencia escoge solamente lo más útil de esa información, algo así como unos dos mil bits. Verbigracia, cuando miramos, creamos la realidad.

Nuestro cerebro se parece a un montón de cables que se conectan y desconectan entre sí. Según pensamos, estas conexiones se disponen de una manera determinada. Si repetimos un pensamiento, la conexión se repite también. Cuando el pensamiento es recurrente, ésta se vuelve una conexión a largo plazo, un mapa, un plano que se sigue continuamente. Mientras más repetimos una conducta, nos resulta más fácil seguirla repitiendo. Sin embargo, existen factores que pueden interrumpir estas conexiones, es posible romper los esquemas de pensamiento. Cuantos más conocimientos poseemos, más probabilidades tiene el sistema nervioso de abandonar los patrones negativos que ha creado. El ser humano promedio vive hipnotizado por los parámetros sociales, los medios de comunicación, las modas, etc.

Las religiones del mundo explican la realidad mediante una dualidad muy simple: el bien y el mal. Es simple pero perjudicial, ya que no hay nada bueno o malo en rigor: existen posibilidades y elecciones. Así mismo, cuantos más conocimientos, más aptitud para crear. Los seres humanos somos máquinas generadoras de realidad. Dios, explicado por tantas religiones como una unidad superior y ajena al ser humano, no sería pues sino la totalidad de lo que existe.


Curiosamente, Masaru Emoto, un científico japonés, realizó un experimento que consistió en exponer una cantidad de agua al pensamiento humano de una u otra manera. Realizó fotografías con microscopios de gran poder para observar las minúsculas partículas del agua, que lucen como pequeños cristales. Sorprendentemente la foto de las partículas del agua antes del experimento, que muestra cristales irregulares y sin forma, es absolutamente diferente a la foto de los cristales de agua bendecida por un monje budista. Los cristales lucen bellamente simétricos y regulares. Dentro del mismo experimento se colocó etiquetas con diversas inscripciones en las botellas que contenían el agua y se dejaron así por un día. Las fotos son perturbadoras: las formas que los cristales toman son totalmente diferentes entre sí. Incluso una, en la que se había puesto una etiqueta con una inscripción alusiva al odio, exhibía cristales barrocos, asimétricos, amenazantes.


Cristales de agua bajo el microscopio

Vemos al mundo como lo vemos, porque así nos han enseñado a verlo... la multiplicidad de conocimientos destruye parámetros, por eso si después de estudiar algo no sentimos que nos hemos vuelto locos, es porque no hemos aprendido nada.