24 diciembre 2007

La tragedia de un genio (segunda parte).

Has venido hacia mi antes que el sol: hacia mi que soy el mas solitario. Somos amigos de siempre: nos son comunes nuestra tristeza, y el fondo de nuestro ser: el sol mismo nos es común. Como sabemos demasiadas cosas no nos hablamos; callamos y nos comunicamos nuestro saber por medio de sonrisas.

–De Así habló Zaratustra


Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos más radicales e influyentes de la historia, que curiosamente cuenta con lectores entre quienes apenas leen filosofía, sufrió un colapso mental cuando apenas tenía 44 años de edad, y jamás volvió a ser el mismo. Sus biógrafos no terminan de ponerse de acuerdo sobre cuál fue la causa precisa de su temprano ocaso, habiéndose hablado de sífilis, mal que le fue diagnosticado a su ingreso al psiquiátrico de Basilea –pese a que muchos de sus síntomas eran inconsistentes con los de dicha enfermedad- , de un tipo de cáncer cerebral, parálisis progresiva e incluso de un despertar místico.

¿Enfermó como consecuencia de su terrible lucha moral? ¿O fue su “enfermedad” justamente la condición que le permitió luchar en la forma en que lo hizo? ¿Llamamos locos a quienes tienen consciencia de lo que no alcanzamos a comprender?

Nietzsche fue el profesor más joven en integrarse a la Universidad de Basilea, en donde enseñó la cátedra de Filología, disciplina en la que se había licenciado. Desde niño demostró un talento especial para la música y el lenguaje, dones que determinarían el rumbo de su vida. Célebre fue su tormentosa relación con el compositor Richard Wagner, quien influiría decisivamente en el pensamiento del genio alemán. También le afectó vivamente su paso por la milicia que, aunque duró menos de un mes, le dejó impresiones imborrables sobre las penurias de la guerra y afectó su salud, pues se rompió una costilla al caer de un caballo y contrajo difteria y disentería. A lo largo de su vida sufrió intensas jaquecas que llegaban a extenderse por varios días, así como una progresiva y marcada ceguera.

Por su estilo, muchas veces más cercano a las artes literarias que a la teoría filosófica, se le ha llamado el “filósofo lírico”. En efecto, fue un prolífico escritor que, finalmente, renunció a su ambición de ser poeta y se concentró en la estructuración de su doctrina, la misma que sólo era acogida por el público de la época en la medida en que se ajustaba a los cánones morales de entonces, para quedar arrinconada respecto de aquellas partes que a muchos escandalizaron. Esta situación no era ajena al autor, quien se refugiaba en un aislamiento voluntario al que no terminaba de resignarse, pues creía, como sabemos, que el filósofo, el abandonado, el solitario, debe estar necesariamente ligado al poder.

La versión más extendida de la anécdota, cuenta que, encontrándose en Turín, fue detenido tras provocar algún tipo de desorden público por tratar de proteger a un caballo que había colisionado contra un furgón, y estaba siendo castigado por su amo. Sus allegados comentan que a partir de entonces sus cartas denotaron claros signos de demencia y megalomanía: comenzó a firmar con pseudónimos tales como “Fénix”, “Anticristo” y “El crucificado”. Para entonces había renunciado a la cátedra universitaria, pues se encontraba fatigado, irascible e irritable, acosado por pensamientos suicidas. Poco antes de fallecer, a causa de una pulmonía, había perdido la capacidad del lenguaje y apenas reconocía a sus amigos más cercanos; aunque muchos pensaban que estaba fingiendo.

La historia familiar de Nietzsche estuvo plagada de patologías psiquiátricas. Los estudios revisionistas más recientes indican que su derrumbamiento mental pudo deberse a una demencia fronto-temporal, que afecta a los respectivos lóbulos del cerebro y que no es incompatible con la profusa producción intelectual que coincidió con los años de enfermedad del filósofo. Estas áreas cerebrales pueden dañarse por el consumo de ciertas sustancias, aunque ningún biógrafo ha aceptado relacionar a Nietzsche con el consumo de opio, droga popular en su época. Se especula, así mismo, que el daño pudo producirse por la terapia aplicada en la clínica psiquiátrica durante los primeros días de su estadía. Finalmente, no falta quien dice que no se puede trascender la media del conocimiento humano sin volverse “loco”: ya Cervantes nos enseñó que, de tanto leer, al Quijote se le secó el cerebro.

Recordemos, sin embargo, el significado de la enfermedad para la doctrina nihilista: si bien es el enemigo del hombre y debe ser combatida porque se opone al ejercicio de la voluntad de poder; es importante e indispensable porque es el elemento a partir de cuya superación se puede alcanzar la gran salud. No se puede estar sano si no se ha enfermado nunca. La enfermedad le permite al hombre valorar la vida, entrar en razón.

También es importante tener en cuenta que, para Nietzsche, la concepción del tiempo (conocida como Eterno Retorno) ha sido interpretada de un modo generalmente erróneo por la cultura popular, pues se lo considera únicamente desde el punto de vista cronológico, como repetición de lo ocurrido; pero además de oponerse al sentido lineal del tiempo, tiene el inmenso valor de revalorizar el presente e invitarnos a vivir de tal manera que la perspectiva del eterno retorno no nos asuste, es decir, hay que vivir de tal manera que de tener que volver a repetir toda la vida una vez más, podamos hacerlo sin temor. El superhombre ha superado el miedo.